
Por Roberto Hernández, enviado especial
Atenas, 10 abr (PL) Si nos dejamos llevar por la casi omnipresencia en la mente y la vista podría afirmarse que en esta ciudad todos los caminos conducen al milenario Partenón, el punto más alto de la roca de la Acrópolis.
Confieso que alguna vez me pareció exagerada la expresión de que “toda persona debe venir a conocerlo”. Fue impresionante, sin embargo, el primer contacto visual con sus columnas, lo único que se conserva del monumento a la protectora diosa griega Atenea.
Tal vez desde el espacio sideral no pueda observarse como la Gran Muralla China, pero en esta urbe de cuatro millones de habitantes y miles de turistas es imposible dejar de apreciarlo en algún momento del día, pues solo se necesita tener pocos edificios altos enfrente.
De noche está alumbrado como toda la Acrópolis, la montaña en la que se dice nació la civilización occidental, y desde donde en tiempos de Pericles se decidían los asuntos de la antigua Grecia.
Cuando el caminante logró observar parte de los abundantes monumentos en esta ciudad casi museo, incluidas vasijas y otros objetos arqueológicos en las estaciones del Metro, se puede dirigir hacia la cumbre de la Acrópolis, el mayor santuario religioso.
El edificio, abierto en el año 438 antes de Cristo, es considerado por muchos la obra maestra del siglo de oro del arte griego con el que se quiso simbolizar el esplendor de Atenas.
Fue construido en solo nueve años con mármol pentélico y se buscó la perfección geométrica en toda su estructura, formada por ocho columnas en el frente, cuatro en el fondo y 17 en los laterales, para un total de 46.
Tienen una altura de 10 metros y distintos diámetros para evitar el efecto óptico producido por las largas líneas horizontales, mientras algunas evidencias dan cuenta que el friso que recorre el exterior estaba decorado con más de un centenar de mitos atenienses.
Llegar a la cima permite descubrir los inimaginados caminos que hubieran conducido al Partenón, el que puede recorrerse una y otra vez hasta que se tienen ojos para otros asuntos.
Al final se divisan a los pies edificios, avenidas y otros sitios de la ciudad, como el templo de Zeus Olímpico, del que solo quedan en pie unas pocas columnas.
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